Dr. Eduardo Borgoños

La infección del oído localizada en el conducto auditivo externo, desde el pabellón auditivo hasta la membrana timpánica se denomina otitis infecciosa externa, su conocimiento es importante por la grandísima frecuencia que presenta en esta época del año, indudablemente justificado por el baño en agua dulce de las piscinas; es precisamente por ello el que se pueda considerar el término de “otitis de la piscina”.
Está claro, ya lo sabemos, que una piscina comunitaria mal mantenida o muy concurrida es un lugar propenso para las otitis (y otras patologías como cistitis, conjuntivitis, etc.) pero eso no es todo a considerar antes de zambullirnos tranquilamente en ella. La piscina puede estar limpia, sin nadie dentro y podemos salir “premiados” con una otitis ya que también hay otros factores a considerar en su etiología, como el tiempo total que tengamos la cabeza sumergida mientras disfrutamos de ese baño (los niños son incansables, por ello es más frecuente este tipo de otitis en ellos) y/o el propio estado de nuestros oídos.


Como es lógico, cuanto mejor sea la salud previa de nuestros oídos, menos probabilidades tendremos de tener otitis. Ante todo, los oídos no deben estar ocluidos por cerumen, la causa más frecuente de oclusión, por una razón muy sencilla: el agua va a entrar y no va a poder salir en su totalidad, creando ese “charco de agua estancada” ideal para las infecciones; hay dos bacterias llamadas pseudomona y estafilococo y dos hongos llamados aspergillus y cándida, entre otros, a los que les encantan este charco. Igualmente el conducto auditivo externo no puede estar irritado por estados concretos como el eczema o por lesiones (aunque sean superficiales), producidas por ejemplo, por los peligrosos bastoncillos limpiadores; ese epitelio dañado, sin integridad, puede ser también origen de la infección.
La otitis de la piscina se va a manifestar con síntomas por todos conocidos: el picor (casi siempre es lo primero), el dolor agudo, a veces la sensación de bloqueo, el enrojecimiento del pabellón auditivo (también provocado por nuestra reiterada palpación) e incluso por un exudado que puede maloliente o de color blanquecino, verdoso o amarillento, dependiendo del agente infeccioso. Es raro que haya fiebre.
Como siempre se dice, la prevención es fundamental, nada más cierto. En el caso de las otitis infecciosas externas producidas por las piscinas es importante que el médico nos haga una inspección del oído (otoscopia) en la época estival o un poco antes y, en el caso de tenerlo, que deje sólo el cerumen mínimo muy necesario para la fisiológica lubricación del conducto y que compruebe que éste no esté dañado por otras circunstancias como las arriba indicadas.
Un tema muy debatido es si es bueno o no, ponernos tapones para bañarnos como forma de prevención. En general, no hay que taparlos, esa “habitación” tiene que estar también aireada, si la cerramos por tiempo, esta humedad puede ser causa indudable de infección. Por el contrario, hay situaciones en que ocluir los oídos antes de sumergirnos están aconsejadas por el médico, por ejemplo tener la membrana timpánica dañada, portar un drenaje o padecer otitis de repetición (éstos con otros consejos añadidos), pero por lo general, si una persona tiene unos oídos sanos, no hay razón para que se los ocluya antes de sumergirse en la piscina siempre, repito, que esté cuidada y vaya a permanecer en ella un tiempo aceptable.
En caso de necesitar oclusión, en la farmacia también nos pueden aconsejar del tipo idóneo de tapones, cada vez hay más de material sintético, siendo fundamental que sean moldeables para ajustarlos totalmente a nuestro conducto auditivo porque si no es así serán siempre perjudiciales (también el agua entrará y no saldrá). Eso sí, huir de emplear el típico casero de algodón: éste se empapa, termina por dejar pasar el agua o crea la humedad ideal para favorecer la infección.
Secarse los oídos al salir de la piscina sería otra manera de prevenir otitis, para ello basta con presionar dos o tres veces el trago (la porción cartilaginosa que al apretarla cierra el conducto) ya que esta maniobra permite sacar el agua residual a forma de ventosa, procediendo a secarlo con la toalla o usando superficialmente pañuelos de papel (por el componente absorbente).
El tratamiento médico estará dirigido a quitar el dolor y a suprimir la infección. Como analgésicos, siempre los de primera línea: paracetamol o ibuprofeno, y el antifúngico o antibiótico, si la infección está producida por hongos o bacterias, respectivamente. El médico prescribirá la medicación en gotas o vía oral dependiendo de factores como intensidad, grado de oclusión por componente inflamatorio, tipo de gérmen, extensión, etc. Para casos rebeldes a tratamiento, no es de extrañar que nos pida un cultivo del líquido exudado para identificar el agente infeccioso y así proceder con la correcta medicación.

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