Guillermo Gómez Granero

“Para, piensa y actúa”, esta es la premisa de oro ante cualquier incidencia cuando se practica submarinismo. Aún resuena en mi mente, grabada a fuego en los años de juventud, cuando en lugar de bucear en la mente, me dedicaba a bucear en el mar, como instructor de buceo.

Sin embargo es ahora, en el ámbito de la psicología cuando cobra una nueva dimensión, poderosa, terapéutica y saludable. Toda su fuerza se centra sobre todo en el “Para”, parar para observar los procesos mentales propios, parar para no reaccionar una vez mas como siempre lo he hecho y abrir un mundo de posibilidades ante esa situación que se me repite o me saca de quicio, parar para observar la vida en este mismo instante. Cuando en buceo se para, se detiene hasta la respiración, se detiene el tiempo y aparece la explosión del ahora, aparecen miles de estímulos sincronizados en ese mismo instante, imposible contemplar todo al mismo tiempo, mas sentido que observado, la fuerza de la vida grita a nuestro alrededor en el silencioso mundo submarino. Y todo esto ocurre cuando paras.

Como ya apuntó Xavier Guix de las investigaciones de Antonio Damasio, “la realidad no depende tanto de los ojos que la miran como de la intención al enfocar”. Y es que tenemos tres formas de acercarnos a la realidad y relacionarnos con nuestro entorno, una es ver, solo ver, sin sentir, ver para etiquetar, ver para decir si me gusta o me disgusta, ver como pasa la vida, ver que tengo que hacer ahora. Todo esto solo es ver, nada mas que ver.

También existe la posibilidad de mirar, para mirar tenemos que haber decidido que ver y le ponemos una intención. Cuando miramos los otros lo perciben, cuando nos miran nos damos cuenta, cuando nos miramos a los ojos algo ocurre, cuando nos miramos al espejo nos sobrecogemos. La mirada rompe fronteras y experimentamos el entorno, nuestra realidad con otros ojos. Un buceador mira la belleza a su alrededor y aprende a ver, ve mas cosas cuando mira y comienza a formar parte de esa danza de la realidad.

Por último, podemos contemplar, mirar desde el que mira, darnos cuenta de ese precioso momento en que todo aparece al mismo tiempo, esto solo es posible cuando se para. Es necesario parar para sentir todo lo que nos rodea, para ser parte de la escena y el que observa la escena al mismo tiempo. Cuando el buceador para, se funde con todo lo que ocurre, quizá ayudado por el contacto del agua por todo el cuerpo, deja de mirar para sentir. Solo existe ese momento en el que la vida ocurre y es posible percibir toda la belleza de lo que nos rodea.

Las vacaciones son un momento adecuado para experimentar estas formas de acercarnos a la realidad, ya que, con suerte no tenemos nada que hacer. Todo el afán de la vida cotidiana se aparca y podemos ¡no tener que hacer nada!, por fin podemos parar y al parar podemos contemplar. Podemos observar como nuestra mente buscará cosas que hacer ante la punzada de terror de ¿qué podría hacer hoy?. Si somos capaces de no hacer nada podemos darnos la oportunidad de contemplar y extraer toda la esencia de lo que ocurre.

La prisa es enemiga de la contemplación, por lo que las vacaciones son un momento adecuado para contemplar y fundirnos con el entorno como el buceador se funde en el agua. Pero lo mejor de todo es que esta práctica nos la podemos llevar a casa, a nuestra rutina, al afán diario. Es mas difícil, si, pero solo es cuestión de intención, de atención, de tomar conciencia desde el que observa, de parar un momento.

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